La visita fue fortuita. Había ido de viaje a Luján, y sabíamos que el recorrido quizás podía extenderse más hacia el norte de Buenos Aires, en el afán de encontrar lugares interesantes para comer y pernoctar, fuera de las trampas para turistas.
Por eso, manejamos hacia San Pedro, donde uno de nosotros quería probar las ensaimadas. Como buen porteño que tiene escasa cultura rutera me puse a hacer preguntas tontas: ¿qué tan lejos estamos de Rosario? ¿estamos cerca de Zárate? Cuando vi que Rosario siempre había estado cerca, por un instante me ilusioné con la posibilidad de cruzar a Santa Fe y visitarla.
No voy a negar que San Pedro resultó ser un pueblo muy pintoresco, con su vida nocturna organizada en la ladera del río. Sin embargo, me dejó un gusto a decepción porque a las ensaimadas prometidas por mi amigo, que eran la gran expectativa merendaticia, las terminamos comiendo en un bar bastante pituco pero genérico donde, se ve, las tenían guardadas todo el día.
Para colmo, cuando terminamos nuestra frustrante degustación, empezamos a llamar a distintos hospedajes para encontrarnos con el segundo sinsabor de que no había habitaciones disponibles para esa noche. Ante el prospecto de dormir en el auto, empezamos a buscar hospedajes incluso en las afueras. Era el fin de semana largo y los hoteles ni siquiera te atendían el teléfono, pero justo uno en Rosario, que estaba a una hora de distancia, tenia lugar, entonces arrancamos camino.
Mi interés por la provincia de Santa Fe viene de larga data, desde que vi la película Tire Dié de Fernando Birri. Al comienzo de ese film, mezcla entre documental y denuncia, la vista aérea de la ciudad nos imprime esa sensación de una sociedad pujante, llena de aspiraciones pero también de conflictos y diferencias.
Además, hace poco, en una conversación con el psicoanalista Jorge Reitter, me habían hablado de la efervescencia cultural de la Universidad de Rosario. Me imaginé que, si era así para la psicología, en otras materias como literatura y política, áreas en las que la ciudad ya tenía los antecedentes de Elvio Gandolfo y El Lagrimal Trifulca, no podía ser menos.
Por eso, con tanta expectativa, antes de irme a dormir, pregunté en este mismo foro si alguien sabía de actividades ese fin de semana. Me pasaron un link a una página de Instagram y así planifiqué los días siguientes.
No se puede negar que Rosario no tiene una vida gastronómica tan desarrollada como la que se ve en Buenos Aires. La inmigración peruana y venezolana, además del cosmopolitismo de las clases altas, han moldeado en la capital del país una cultura del restaurant fusión que sobrepasa la oferta que se puede encontrar en algunas provincias. Rosario es uno de esos casos. Para el porteño que visita la ciudad, resulta muy evidente que los platos orbitan sólo alrededor de lo que uno imagina como más típico: milanesas, sánguches, minutas. Con suerte, se pueden encontrar algunas cervecerías sin demasiada identidad, que no dejan de parecerse a las más comunes de Palermo. El pescado de río, por la zona del puerto, podría brillar más si tuviera alguna oferta más sofisticada que un par de truchas y dorados a la plancha con puré. Eso sí, los bares tienen una identidad muy marcada, en la que el fileteado y la sobremesa italiana son protagonistas, probablemente porque el tanerío ahí es más hegemónico que en Buenos Aires, en donde ha sido desplazado.
Digo lo anterior en un intento de crítica, por que la verdad es que la impresión por todo lo demás me sobrepasa. Desde el Monumento a la Bandera, hacia los cuatro puntos cardinales, la urbe asentada en el litoral y su ilusión de infinitud geográfica nos obliga a pensar el país y su destino insondable.
Entre las columnas de lo que se llama, ahora sé, El Propileo, el viento que trae el rumor del río sirven para lavar todo vestigio de embotamiento. Desde las venas del Paraná llega una ventisca que rumorea algo de la promesa de país que le insufló fuerza a tantas generaciones. Cuánta gente pensó en su vida y en la Patria desde esos escalones, acariciados por el aire embravecido que es el mismo que respiró Messi. Desde el río hasta la pobreza de su conurbano profundo, a Rosario la une ese espíritu de litoral abierto que se ve desde las columnarias. Contrario al narcomito con el que se fantasea desde la porteñitud, la miseria rosarina no es Mordor, siempre busca abrir sus venas. Habla más del país que la mira que de la ciudad misma.
Ese debe ser el ingrediente que motoriza la vida cultural de la ciudad. A todos lados en la ciudad hay un centro cultural con un concierto, un bar, una lectura. Yo me había enterado, gracias a la información que me compartieron acá, que en esos días se hacía la Feria de Librerías de Viejo. El nombre me causó gracia, me imaginé un ejército de gerontes atendiendo los stands, aunque como corroboré, no podía tratarse más que la analogía provincial de la Feria de Libros Usados que se hace en Buenos Aires, en ese caso en la Biblioteca Nacional.
Como si hubiera ido predestinado, en la feria me crucé a Mauricio Vera Pratto, un comentarista político que conduce Cabaret Voltaire, un programa de stream de lo que yo llamaría el peronismo antiprogre. Aunque admiro su labor, no me animé a saludarlo: tengo demasiadas diferencias políticas y además, parecía ya bien acompañado por quien parecía ser una novia.
Compré unos cuantos tomos que no se consiguen fácilmente en Buenos Aires. Es muy interesante ese ritmo extraño por el que en una ciudad se lee algo que en otra ciudad ya no, y viceversa. Esperaba que, en las conversaciones con los libreros, la gente me identificara como porteño, pero la verdad es que ni ahí ni en ningún otro lado me encontré, como pasa en Córdoba, con esa intromisión del acento. Un porteño y un rosarino hablando son indistinguibles.
Volví con más interés por la ciudad que antes. Ahora que investigué un poco más, creo que si Rosario tiene algún antagonismo con Buenos Aires, se debe a aquellos conflictos dentro de la confederación. El ideario rosista de que el litoral fuera un nexo entre los gobiernos provinciales y la metrópoli persiste aún, como un sueño, quizás nunca cumplido, que marca sus complejos, sus semejanzas y oposiciones con las otras provincias. La razón por la que Rosario parece tener una identidad tan fuerte, una cultura tan exacerbada y tanto más interesante que Buenos Aires en algunos aspectos, debe tener algo que ver con ese ideal perdido junto con la confederación rosista: porteñizar el interior y oponer una interioridad a la cultura hegemónica de Buenos Aires. Entre las dos ciudades hay un diálogo en el que se nutre gran parte de la cultura nacional, como si al desaparecer ese proyecto en los hechos se hubiera elevado al plano de las ideas. Las esperanzas que ya nunca más alcanzaremos siempre son las que más nos determinan.